miércoles, 12 de julio de 2017

NOSTALGIA DE ERMUA


La conmemoración del espíritu de Ermua es sin duda un acto de nostalgia. El dolor por lo que pudo y debiera haber sido, pero que se fue segando nada más nacer. Al irrumpir la ciudadanía de forma imprevisible, súbita, espontánea y visceral, quedaron paralizados los ancestrales reflejos cainitas todavía latentes. Sobre todo el tabú de que izquierda y derecha no podían ir juntos a ninguna parte, porque no compartían valor alguno. Se produjo una situación en la que era posible que la unidad contra el terror se proyectase a la unidad frente a las tendencias separatistas y centrífugas en defensa de la Constitución. Esto alteraba el guión imperante, pero no escrito, según el cual una parte de la sociedad tenía derecho a sospechar de la sinceridad democrática de la otra parte y esta a tener que justificarse para desautorizar esa sospecha.

Pero a la gran movilización siguió la desmovilización controlada. En realidad la incipiente posibilidad de la unidad democrática espoleó la imaginación para renovar la dialéctica de las dos Españas. El pacto de Estella y a su estela el “discurso del método”, “la hoja de ruta”, la manipulación del 11M, el “cordón sanitario”...etc, son episodios de esta refundación del cainismo.

Pudo haber sido de otra manera de haber existido más claridad y menos torpeza en quienes, en la izquierda y la derecha, eran favorables a fortalecer la unidad, pero hubiera hecho falta subsanar el talón de Aquiles del movimiento social antiterrorista. Me refiero a que éste no llegó a comprender ni poner en primer plano la conexión esencial entre el terrorismo y el independentismo. No la conexión abstracta sino la concreta y efectiva. Por supuesto “todo el mundo” era consciente de que la ETA pretendía la independencia mediante el terror. Incluso se era consciente, o se sospechaba con bastante convencimiento, que los nacionalistas de todos los pelajes empezando por el PNV se dedicaban a obtener los mayores beneficios posibles a la sombra del terror. Pero imperó la doctrina de que una cosa es el terrorismo y otra distinta el derecho de propugnar la independencia si se hace por medios pacíficos y legales.

De esta obviedad se hizo bandera para desvirtuar el significado del terrorismo. Se olvidó lo que el terrorismo supuso para la expansión y consolidación del nacionalismo y luego del separatismo. Pero sobre todo se olvidó que el terrorismo no sólo era terrible por cruel e inhumano, sino también por formar parte de una dinámica poderosa que conducía a poner en riesgo la democracia y la unidad de España.

En el fondo no se quería reconocer la existencia de ese riesgo. Tal vez sea una de las pocas coincidencias en la percepción de las izquierdas y las derechas. La carga está en la izquierda política, social y sobre todo intelectual. Han interpretado siempre la denuncia del peligro separatista como una añagaza de la derecha. No puede la izquierda desprenderse de la idea de que el peligro no son los separatistas, sino “los separadores”. E incluso muchos en el fondo sienten que el separatismo es una reacción legítima y justificada, aunque “tal vez equivocada”, contra la que imaginan omnipotencia de los separadores. La evidencia de que las autonomías dominadas por los separatistas son de facto pequeños Estados a los que falta el reconocimiento exterior y un ordenamiento jurídico ad hoc no basta para deshacer este prejuicio inveterado y en el fondo a corto plazo interesado.

Es más compleja la desmovilización de la derecha. Reaccionó contra la hoja de ruta y la legalización del brazo político del terror por motivos humanitarios y de justicia. Advierte también el peligro que sufre la democracia y la unidad de España. Pero ante todo cree que el Estado y las instituciones son tan poderosos que el peligro separatista no puede pasar de ser una molestia. Con ese flanco cubierto, sólo le preocupa en la práctica el temor a la soledad, quedar descolgada de la opinión pública, sino se adapta a la técnicas seductoras de la izquierda. Lo que significa evitar a toda costa la imputación de provocar. Fantasea así que, ante el golpe separatista, mientras nadie desde la derecha dé un paso adelante, la izquierda no encontrará motivos suficientes para unirse con los separatistas y se verá obligada a defender, aunque sea nominalmente, la Constitución. Suficiente para que el Estado con sus resortes automáticos frene el golpismo de forma limpia y sin necesidad de causar daños colaterales.

De esta forma se ha instaurado la opinión de que el episodio terrible de ETA es algo separable de la dinámica política de la que forma parte. Se esgrime que el Estado no haya cedido en las reivindicaciones políticas de ETA, salvo la legalidad de su brazo político, como prueba de que ETA ha sido derrotada política y militarmente. Aunque, eso sí, falta “el relato”. Pero el hecho decisivo es el fortalecimiento político del secesionismo frente a la retracción ante el peligro independentista, cosa incomprensible sin que el Síndrome de Estocolmo ya instalado en la sociedad vasca no haya contagiado a gran parte del resto de la sociedad española. Como si la explosión colectiva contra el terror hubiera agotado las energías colectivas y creara una inmensa resaca. Como si se pudiese vivir en paz, siempre y cuando no se provoque a quienes sólo quieren destituir el orden constitucional. En este sentido la conmemoración del asesinato del M. A. Blanco parece una molestia. Como si expusiera públicamente la imposibilidad de ocultar la falta de unidad en torno a lo que debiera unir.

viernes, 7 de julio de 2017

LA RATONERA


Esto apesta a ratonera.

Rajoy y cía se han creído y se han dedicado a hacernos creer el cuento de hadas de que lo de Cataluña está controlado y que en el peor de los casos se reconducirá sin molestar y sin que no sea necesario más que algún titular de prensa y alguna declaración oficial o rueda del buenazo de portavoz, el Sr. Mendez de Vigo. Como “todo esto es una locura” y “no puede ir a ninguna parte” se disolverá como un azucarillo en el agua. Quedará a lo sumo un regusto de “fractura social” en Cataluña pero el gobierno hará alarde de buena disposición.

Así se encuentra de tope con que actuar “proporcionalmente”, es decir hacer cumplir la ley, sería motivo de reproche general. Al menos para que así se vea se ha hecho todo lo posible. El cumplimiento de la ley aparece como una señal de fracaso de la democracia, de la política y por supuesto del gobierno. En este mundo al revés parece como si todo lo del Golpe de Estado fuera una artimaña para forzar el cumplimiento de la ley. Hasta Rivera se ha convencido de la terapia del buen rollito.

En el otro lado los sanchistas se declaran podemitas vergonzantes y lo podemitas actúan como separatistas no menos vergonzantes.

La única estrategia sanchista es denunciar al gobierno tanto si actúa como si no actúa. Culparlo en definitiva del desastre, sea este la independencia o la desafección de Cataluña, fractura social incluida. Da por supuesto, no sin motivos, que los españoles no admitirán la coherencia en la defensa de la ley y que achacarán la traca final, sea cual sea, a la cerrazón del gobierno y de la derecha. Todo apunta a que los sanchistas admitirían la independencia “si no hay más remedio” y se preparan para quedar bien ante esta eventualidad.

Estamos en el preámbulo del cambio de régimen y quien sabe si de nación, ante la desidia y desconcierto de los buenos, y la sobreactuación de los malos.

Para los sanchistas el desastre catalán promete ser una buena oportunidad para echar a la derecha y quien sabe si algo más.

Por supuesto para los podemitas, el camino de la independencia catalana y de otras “naciones”, es el detonante del “proceso destituyente”. En la sociedad del bienestar más de un tercio de la población se ve comprometida en delirios infernales que hace cinco años parecían impensables. Parece mentira, ¿pero ahora en el aniversario de M. A. Blanco no hemos visto como la sociedad vasca se ha dejado seducir por el ideario terrorista, aunque se haya puesto a régimen de las pistolas?

Hay que dejarlo claro: los separatistas podrían ciertamente aparecer como víctimas ante el mundo de imponerse el cumplimiento de la ley porque la clase política constitucional no se ha atrevido a despertar a los españoles y enfrentarlos a la verdad. El único problema de esta socialización del nirvana es que la nada y el vacío no vende en los medios y desanima a quienes esperan algún amparo del Estado y del resto de los españoles.

Esperar en las actuales circunstancias la reacción de la mayoría de la población catalana llamada a ser esclava moral de los separatistas es un quimera si previamente no reacciona y de forma contundente el conjunto de la sociedad española. Pero en la atmósfera está que esto sería desestabilizador y que además la gente no es muy reacia a creer que la unidad de España sea un problema real.

Antes que la inacción el problema ha sido no querer ver la verdad y ocultar la verdad. La única estrategia que se ha seguido: ante todo no pasar por provocadores, no hacer el juego. Que igual se cansan y ya escampa.
Así solo pesa un temor en quien tiene responsabilidad: “¿cómo se puede hacer algo sin apoyo de los españoles y además bien expreso?¿pero cómo en estas condiciones se puede pedir ese apoyo? ¿no nos reprocharían que los hemos estado engañando y que somos unos ineptos?”

lunes, 3 de julio de 2017

DE MIEDOS



El miedo a ETA era moralmente soportable. Se sobrellevaba con entereza porque sabíamos que no podían tener razón. No porque no hubiera quien estuviese dispuesto a admitir que pudieran tener sus razones políticas. En eso no se entraba. Contaba que violaban el límite de la humanidad y de lo humanitario y eso era suficiente. Frente a ETA no se puso por delante la conciencia democrática, sino que se resistió por sentido de la dignidad humana y compasión con las víctimas. Se reaccionó por instinto humanitario y contó poco la razón para deshacer sus “sinrazones”. Estas no podían ser verdaderas con tanta inhumanidad. Ahora vemos que la razón no ha sido capaz de culminar la faena que tiró adelante el instinto. Por eso los filoetarras mandan en las ideas, y no sólo en ellas, como si en el fondo hubiesen tenido la razón.
Ahora todo gira en torno al miedo a Podemos y sobre todo al podemismo. Es un miedo que nace del complejo y de la mala conciencia. De la mala digestión de las debilidades y carencias de la política y de la vida social. Es el temor de que “en el fondo” tengan razón. Pero sobre todo de que a muchos les parezca que la tienen. Dominan el territorio de “la verdad” porque los demócratas han creado un vacío de verdad. No se han atrevido a enarbolar la verdad, ni sobre todo a jugar en el terreno de la verdad. Ya pasó en la lucha contra ETA y sobre todo tras la “derrota de ETA”. En el fondo se sabe que no tienen razón, que todo lo que cuentan es una superchería, pero se teme quedar descalificado de ponerse enfrente de su “verdad”.
Puigdemont ha tomado nota y también quiere dar miedo. Toda conquista empieza dando miedo. Pero no da miedo, más bien risa, porque para bien o para mal en toda España, excepto quizás Cataluña, se tiene lo del procés por una pantomima y a lo sumo una juerga de políticos. Que la independencia de Cataluña vaya en serio produce tanta perplejidad como la que causaría la noticia de que nos va a visitar una nave alienígena o que Belén Esteban va a vestir los hábitos próximamente. ¿Dará miedo si la gente percibe que esto va en serio?


viernes, 16 de junio de 2017

APUNTES SOBRE LA TRANSICIÓN Y LA DEMOCRACIA


Con motivo de la diabólica crisis que amenazaba al Reino Unido al abdicar Eduardo VIII en 1936, escribió por entonces Ortega y Gasset con su memorable colorismo:

“Pero este pueblo de setenta millones de hombres, con tantos bebedores de cerveza, con tantos fumadores de pipa, ha resuelto su terrible conflicto con una perfección maravillosa. Y esto es lo que ha causado el nuevo y más imprevisto estupor.”

Comparada con la tarea de pasar en paz de Franco a la democracia aquella hazaña parece una obra de aprendices. Hay que preguntarse si la maestría que demostró el pueblo español no se ha ido tornando en un paulatino dejarse llevar.

Con la ilusión de poder responder en algún momento valgan estas consideraciones y conjeturas sobre la trastienda social y política de la transición y sus consecuencias.


-La oposición de izquierda consideraba repugnante la posibilidad de reformar el franquismo como vía a la democracia y sobre todo inverosímil. Se disputaba cómo hacer la revolución. Unos creían que pasaba por un período de democracia “burguesa” a lo Kerensky, otros pretendía que se hiciera directamente. Sólo la “derecha” del PCE, los Tamames, Solé Tura etc, apostaban por una democracia “formal” duradera y estable. Se les añadió con mayor coherencia Bandera Roja quienes desde el maoísmo se convirtieron en los fugaces teóricos del “eurocomunismo”. Se puso a la cabeza pronto el PSUC con su eurocomunismo “a la catalana”. Por supuesto el PSOE no existía. Por supuesto la bandera republicana amparaba cualquier alternativa.

-El pueblo estaba a la expectativa. Quería la democracia porque tocaba y porque confiaba en que le iba a gustar. Disfrutaba la prosperidad naciente y se temía volver a la guerra. El desastre de la guerra y la prosperidad son argumentos de lo más poderosos. No se movía por posicionamientos políticos, sino por el sexto sentido político sobre la marcha de los tiempos, arte en el que se demostró de lo más fino. Predominó el pragmatismo, porque los españoles son tremendamente pragmáticos y tolerantes cuando se ponen a ello, y no menos fanáticos y utopistas quijoteros cuando también se ponen en esas. Pero aparte del deseo de prosperidad, paz y tranquilidad, nada ilusionaba más que verse libres del corsé mogijato de las costumbres y de la vida privada. Pesó lo suyo el turismo, el destape y también al fútbol. Por eso la expresión “política” más espontánea de la democracia fue “la movida”.

-No había datos fiables sobre la reacción del pueblo ante el período que se abría a la muerte del dictador. La oposición de izquierdas, pleonasmo, creía en un pueblo imaginario, heredero del pueblo que libró la guerra civil en el bando republicano. Los del régimen temían al pueblo y sobre todo recelaban de la oposición y de la capacidad de control y de movilización de la oposición. Pero ya se atisbaba que el nacimiento de las clases medias no iba a ser en balde. Cuanto más radical era la izquierda menos lo podía percibir. Se daba por supuesto que la cerrazón del régimen era inevitable, lo que significaba la oportunidad única para la ruptura y hasta para la revolución. Se daba por supuesto que al abrirse cualquier grieta “las masas” asaltarían el Pardo.

-El miedo del régimen a la ruptura y la incertidumbre sobre el verdadero poder de la izquierda y sobre todo sus verdaderas intenciones tuvo la virtud de fortalecer a los reformistas y sobre todo decantar la reforma hacia una democracia coherente y verdadera. Debemos el éxito de la transición al hecho afortunado de que el miedo animase la prudencia y la clarividencia, cuando normalmente estimula la bunkerización. Visto desde ahora la fachería no tenía chance. Pero entonces se la veía como el espíritu de un régimen que estaría dispuesto a morir matando.

-Más en contacto con la realidad del pueblo (ahora se dice “la gente”) Carrillo era consciente de lo incierta que era la actitud popular, pero que en todo caso no estaba para aventuras épicas. Fue el primero que apreció hacia donde se dirigía el régimen al fracasar Arias, y sobre todo hacia donde se podía dirigir. Vio en el aperturismo, con razón, la oportunidad de ser indispensable y pronto tuvo la llave del éxito de la operación. Creía que podía rentabilizar, dando paso a la democracia a través de la reforma, el sacrificio de la lucha contra el franquismo. Obtuvo reconocimiento moral por su patriotismo, pero en contra de lo que esperaba no alcanzó el predominio de la izquierda para iniciar la vía eurocomunista a la italiana. Fue una debacle moral que sumió a los comunistas en la amargura y que hizo creer a los vencedores en la batalla por la hegemonía de la izquierda que el socialismo había encabezado la batalla contra el franquismo. As se ha marcado el escenario político de la democracia. Carrillo esperaba que con la política de Reconciliación nacional y el acatamiento de los símbolos el PCE quedaba limpio y presentable como una alternativa de orden. Era necesario pero lo suficiente no estaba en su mano. Por mucho esfuerzo que hiciera el PC y las izquierdas antifranquistas “realmente existentes” no podían evitar ser visto como un peligro de guerra civil por todo un pueblo que no tenía otra referencia política que el recuerdo de la guerra y los años de tranquilidad y naciente prosperidad.

-Curiosamente la entrada en escena del PSOE aceleró el acuerdo entre Carrillo y Suarez, una pinza de circunstancias pero decisiva, de la que resulto el gran beneficio de la confianza colectiva en la transición. El PSOE jugó a prepararse como alternativa guardándose la baza de ser la alternativa a la vez a Suarez y al franquismo. Apoyándose en la parte del pueblo que se creía antifranquista de toda la vida pero sólo intencionalmente , el PSOE dejó descubierto una parte del cadáver franquista para aparecer en su momento como su auténtico enterrador. Sembraba así una duda de legitimidad sobre la derecha y le disputaba al PCE la primogenitura antifranquista, con la ventaja de que su liderazgo significaba la verdadera garantía de no volver a la guerra civil.

-Sólo se podía tirar adelante con el máximo consenso. Sólo se podía ofrecer a la nación práctica unanimidad y consenso. Salvada la unidad de España, la monarquía y la bandera, símbolos y evidencias del orden y la paz, se constituyó una democracia incomparablemente generosa que pecaba más por exceso que por defecto. Valió porque estaba amparado en el consenso, lo único en el que el pueblo podía confiar.

-Las vanguardias antifranquistas olvidaron pronto los sueños revolucionarios e incluso rupturistas. A la gran mayoría le fue pareciendo una ensoñación de circunstancias, algo llamado a ser un bello recuerdo. Encontraron un renovado orgullo interior en la democracia que hubiera sido imposible sin su lucha. Pero rumiaron lo que a su modo de ver era una injusticia clamorosa: que no hubiese vencedores ni vencidos y que en términos morales los herederos del franquismo tuvieran el mismo mérito que los luchadores antifranquistas. Este rescoldo no se apagó y ha seguido oculto presto a reavivarse con las debilidades de la sociedad y del sistema.

-El éxito tan clamoroso de la transición quedó corroborado con la consolidación de la democracia. Consolidación sumamente meritoria porque tiene lugar a pesar de todos los vicios y debilidades de su diseño y de la sociedad española y está por encima de todo ello: partitocracia obsesiva, despido de Montesquieu, cainismo latente, capitalamigismo, corrupción, caciquismo, separatismo, un pueblo que lo fía todo en política al instinto sin aprecio a la cultura política...etc
Sobrevivir al terrorismo sin descomponer el armazón del sistema, aunque haya quedado dañada la responsabilidad del pueblo y de la clase política con la democracia y las víctimas, sería la prueba definitiva de que la democracia es indestructible y funciona sin necesidad de que tenga un apoyo expreso. En los peores peligros que atravesamos todo se sostiene por esta confianza apabullante y ciega ante el peligro. Confianza tanto mayor cuanto que convive esquizofrénicamente con la desconfianza y el repudio de la clase política, pero también de “la otra España” e incluso de todos nosotros mismos.
-La clase política que protagoniza el bipartidismo creyó por su parte que el triunfo del consenso significaba la desaparición de los peligros que obligaban al consenso. Así se creía que desaparecía el peligro del separatismo y del retorno al guerracivilismo, cuando en realidad se creaba un escenario en el que estos males iban a proliferar si una renovación enérgica del consenso no lo remediaba. Si este consenso no se sustentaba en el convencimiento de que nadie es más demócrata que los demás mientras no se demuestre lo contrario; sino comportaba la conducta unánime ante la evidencia de que no puede considerarse leales las conductas que tienen por fin quebrar la libertad e igualdad de los españoles.

domingo, 11 de junio de 2017

PARA UN BOSQUEJO SOBRE LA BRITANIA POSIMPERIAL


Podría ser un acertijo de Alicia en el País de las maravillas. La patria que, entre sus muchas virtudes, ha alumbrado y asumido con gran consecuencia y conocimiento el pensamiento liberal, azote inmisericorde de cualquier ideología nacionalista, puede disputar a cualquiera ser la más nacionalista conocida, e incluso ser la auténtica patria del nacionalismo. Ha ido así formándose Britania en perfecto matrimonio del individualismo racionalista y del colectivismo más atávico. Pero no sólo se considera con todo el orgullo del mundo un imperio, se tiene sobre todo por una civilización, en lo que apenas tiene parangón presente con los casos de China y en menor medida Rusia. Por eso seguramente concibe su nacionalismo como una realidad trascendente a los nacionalismos vulgares de la potencias que le disputaron el gobierno universal. Hay que hablar de nacionalismo y no sólo de patriotismo porque no hay más causa verdadera para Britania que el interés de Britania, y no hay derecho supremo por encima de este interés.

Al hacer su presentación en la sociedad mundial con el inicio de la modernidad, Inglaterra llevó de la mano una religión de Estado rigurosamente nacional, que no alcanzó el rango de religión exclusivamente nacionalista por el escrúpulo de pertenecer a la tradición cristiana. Siguió así en la orbita moral del cristianismo, abandonando la cristiandad. Ha tenido luego la gran virtud de labrar su imperio con el músculo liberal y de haber enriquecido la tradición occidental con el aporte del liberalismo no sólo económico sino sobre todo político. Con lo que tanto le debemos por la creencia en los derechos civiles, el equilibrio y la división del poder y el estímulo de una democracia responsable.

Pero también ha adaptado este liberalismo a la forma de entender su relación con los pueblos de la tierra. Más allá de la útil defensa del valor del comercio para la humanidad, su imperio ha pretendido ser un puzzle de las mas variadas culturas, naciones y religiones, sin más relación mutua que el comercio y el rigor de la ley que el gobierno británico ha de asegurar, para que todas convivan sin importunarse. Al fin y al cabo este modelo, así como el liberalismo político tiene hondo arraigo en la Inglaterra medieval de la carta magna, el parlamento, pero también de las comunidades religiosas separadas, según la tradición común europea.

En sus designios el comercio no ha sido una vía para el mestizaje, como lo fue en gran medida en el caso del Imperio romano y de otra forma en el caso del imperio hispanocatólico, sino una forma de prosperidad que además permitía evitarlo en su caso. Britania ha cuidado especialmente guardar su pureza racial bien por el convencimiento de que de la preservación de la misma depende su liderazgo y prosperidad, o bien porque de esa manera la humanidad puede estar bien avenida. Así el multiculturalismo se ha tornado, una fórmula liberal y bastante sajona de entender la relación entre los pueblos, a partir del primado y preservación de la diferencia frente al mestizaje.

Ahora que el Imperio ya es un residuo histórico y Britania se sostiene como una red financiera, esta nación se está transformando en un emporio multicultural. La dinámica creada con el imperio ha conducido a que los pueblos descolonizados vean en la antigua metrópolis una fuente de oportunidades incomparablemente superior a la que ofrece sus países de origen. Y es indudable por otra parte que el multiculturalismo colonial no fue en detrimento sino más bien todo lo contrario de que se extendiese el afán de prosperidad por todo el imperio, como ocurre con todo el mundo.

Los británicos no han visto este cambio en un tiempo casi invisible como una amenaza, sino más bien como una oportunidad. Dejando aparte los posibles beneficios económicos que pudiera ir deparando, significaba corroborar el ideal multicultural como parte de la propia tradición. Lo que es sumamente importante pues nada es más sagrado en Britania que la propia tradición. A diferencia de Francia no se trataba tanto de integrar en los valores republicanos y civiles comunes, sino dejar libremente que cada cultura y pueblo se constituyese respetando a las demás. Tanto las facultades que ofrece el estado del bienestar como la supremacía política de la etnia sajona ofrecían además suficientes garantías del éxito del modelo. En gran medida la experiencia delos EEUU sería un aval suficiente.

Pero el modelo sólo puede funcionar si no hay una comunidad poderosa que potencialmente tienda a ponerlo en cuestión. Ninguna tiene tal deriva excepto la comunidad musulmana. Con independencia de si el Islam puede avenirse a convivir en un ámbito democrático y bajo un estado de derecho secularizado, es indudable que en su interior late el sentimiento histórico de humillación contra occidente. Eso no significa que todo el Islam sea antioccidental. Sucede más bien que la relativa pero persistente occidentalización del mismo Islam desde la II GM, unido a la tremenda crisis del nacimiento de Pakistan y de la formación de Israel, ha acentuado la reacción antioccidental en el plano político hasta el más fiero fanatismo. El ansia de proteger la identidad islámica frente ante occidente y de hacerle pagar por las, desde su perspectiva, supuestas humillaciones históricas y en general todas las debilidades de los pueblos islámicos es un caldo de cultivo llamado a extenderse por muchas que sean la atenciones que ofrezca el cada vez más mermado estado del bienestar.

Seguramente tanto en Britania como en toda Europa no sea visible en el horizonte una solución definitiva. Vamos a tener que “conllevarnos” según pedía Ortega que se hiciera con Cataluña, controlando los daños y estimulando el mestizaje cultural en la medida de lo posible. Pero es todo más difícil si la pervivencia de prejuicios casi ancestrales anclados en el orgullo de lo que ya no se puede ser impiden analizar correctamente la realidad.

miércoles, 7 de junio de 2017

DEFENSA PASIVA


Si en algo coinciden los políticos constitucionalistas y anticonstitucionalistas, los favorables a la unidad de España y los separatistas es en la debilidad y casi impotencia del Estado para hacer frente al desafío separatista. En parte la interiorización de esta idea por la clase política constitucionalista es la principal causa de la debilidad del Estado y en parte es reflejo de esta debilidad.

Los separatistas han colaborado y fomentado durante treinta años, por lo menos, a que fuera así, pero no se habría dado la inflación del separatismo de no percibir en un momento lo que en un principio resultaba inimaginable, tal debilidad.

Pero la carcoma está ya instalada en el constitucionalismo y el auge separatista es la expresión inevitable. La parte socialista del constitucionalismo dejó caer primero la sospecha sobre la idea de España, se aprovechó después de esa sospecha para cifrar su superioridad moral sobre la derecha y por último, desde ZP, juega a cuestionar el fundamento de esa unidad. La derecha ha tratado de desembarazarse de esa sospecha y ante el desafío separatista, abiertamente golpista, ha renunciado a emplazar a la izquierda y se recoge por miedo a que la sociedad, la mayoría de españoles no le secunde.

Pero esto no es más que la superficie de un error que anida en el fondo de la visión de la izquierda y la derecha constitucionalista: la confianza absurda de que los nacionalistas son, por encima de sus “legítimas metas e ideales”, fuerzas democráticas e integrables en el sistema, aunque tengan sus alardes. Sin duda el éxito inesperado de la transición generó en la población y en la clase política la fe en que la democracia es invencible. Pero también que la unidad de España ya es una cuestión amortizada, hasta el punto que advertir de los peligros potenciales o reales contra la misma se fue haciendo sospechoso de patrocinar el regreso a la dictadura.

La falacia se ha filtrado y consolidado en la opinión pública. Apenas al 0,9 por ciento de la población encuestada por el CIS le preocupa el problema catalán. Ya esgrimen los estrategas de las cadenas de opinión que el desafío separatista provoca “hartazgo” y “desconexión” del medio. “Hartazgo” que por cierto contrasta con la avidez insaciable para recibir noticias sobre la corrupción, los desahucios o la precariedad laboral ...por ejemplo. Hartazgo que puede significar rechazo del nacionalismo, indiferencia hacia la idea de España, creencia que todo es una pantomima o seguridad de que el Estado será contundente si hiciera falta.

Me temo que todos estos ingredientes andan mezclados de tal manera que el resultado es la interiorización por la sociedad del tancredismo dominante. Pero creo que lo esencial es la indiferencia ante la idea de España por la misma sociedad española. Patología de raíces muy profundas pero que se ha consolidado cuando disfrutamos de la mayor prosperidad social de la historia, para mas INRI y originalidad.

También el tancredismo social tiene raíces aunque no tan hondas como las que tiene la indiferencia hacia la idea de España. Antes ya predominaba la idea alentada por la clase política de “que no pasa nada” y que estamos ante la enésima comedia retórica financiera. Pero ya se extiende la idea de que “si pasa algo, tampoco pasa nada”. Es decir que no vale la pena molestarse ni rebajarse ante la posible independencia. Unos porque si se produce, no irá a ninguna parte, porque por ejemplo Europa y el mundo no lo certificarían; otros porque al fin y al cabo “tendrán sus razones” y si no las tiene mejor para ellos “¿qué es sino la democracia sino el derecho a hacer lo que se quiera?”

Se ha reaccionado con la defensa pasiva. Dejar que se cuezan en su salsa, hasta que estalle la burbuja. Mientras el gobierno se imagina que así ocurre, no extraña que cerca de los momentos críticos tema que buena parte de la opinión pública y de la oposición ande predispuesta a reprocharle que trata de “escudarse en la bandera” para salir bien librado “¿Qué es eso de “la unidad de España” comparado con la corrupción, la manipulación de la justicia, el paro, los reajustes, los desahucios, los bajos salarios, la mengua de las becas y el “machismo catolicismo” imperante?”.

 ¿Hasta qué punto ese miedo lo paraliza? ¿hasta qué punto estará en condiciones de obrar con la “proporcionalidad debida” cuando no tenga más remedio? En estas, la gran ventaja de los separatistas es la abstención de la clase política constitucional en su conjunto para apelar abiertamente a la población española, la autoanulación de los constitucionalistas en el enredo que impide dejar las cosas claras.


martes, 30 de mayo de 2017

COMPROMISO SANCHISTA


Descolocado por el apoyo sanchista al gobierno contra el procés, busco alguna explicación. Imagino lo siguiente.
La lógica sanchista se mueve en dos planos. En el ideológico de fondo propende y propugna el confederacionalismo. Debe sintonizar explícitamente con un tercio del PSOE y puede que hasta la mitad lo consienta como un mal necesario. Creen estos que así se podrá reconducir el separatismo.

Pero ante la situación presente y entrante apoyar o abstenerse ante el “referendum” o la amenaza de proclamación de independencia lo dejaría en una situación imposible. La inmensa mayoría de la población lo percibe como un golpe de estado y a poco que las cosas fueran a peor , se le tedría por máximo culpable si el gobierno asume su responsabilidad. El gobierno y Cs quedaría solos pero seguramente con el beneplácito de la opinión pública. Sólo Podemos sueña que el referéndum va a encender la mecha del proceso revolucionario en toda España. El PSOE no tiene más remedio que guardar distancias con los podemitas y no dejar al gobierno la baza de la defensa de la legalidad.

Es posible que esperasen que la oferta confederal llevase a los nacionalistas a posponer su apuesta por la independencia a cambio de un cauce legal. Siendo evidente que los separatistas se lanzan al monte y que el PNV apoya pragmáticamente al gobierno, ya no se puede vertebrar una alternativa a Rajoy en torno a la “solución” confederal. Va a quedar entonces pues como una posibilidad de acuerdo antiRajoy, según como vaya el Procés, dejando abierta la posibilidad de que la Constitución incluya el “derecho a decidir”.

Pero incluso eso sería imposible si el PSOE no deja claro su compromiso con la legalidad.

Hasta qué punto van a poder compaginar la prédica del multinacionalismo confederal con la defensa del orden constitucional vigente, sin debilitar el “frente” constitucional y dar armas ideológicas y morales a los separatistas es una tarea ímproba y en el fondo imposible, aunque crean que es lo más cómodo y seguro. Van a tener que definirse mucho más.